Mi eterno reencuentro con la pintura.

Siempre hay cosas que uno no puede explicar. En mi caso, nunca pude explicar la necesidad que tengo por crear.  Soy de los que se distraen dibujando en alguna reunión de amigos o en el esperar el turno en un juego de mesa o incluso en una clase importante. Quizá lo haga porque me tienta el hecho de dejar una huella en el camino que quizá otro andará, no lo sé.

Al comienzo, mi relación con el dibujo surgió como un desafío.

Me acuerdo de una caricatura que le habían hecho a mi viejo. Algo de ese dibujo me gustó y la copié. Al día siguiente, orgulloso de mi copia, la llevé al colegio para mostrarsela a mis compañeritos. No me creían que lo había hecho yo, entonces les llevé el original como prueba de que efectivamente era así. Nunca me voy a olvidar que un amiguito que me tomó prestado el lapiz con el que hice aquel dibujo para ver si le salía igual.  Eso me hizo entender que tenía cierta facilidad para dibujar. Es así que comencé a desarrollar esa actividad cada vez mas. Por suerte tenia amigos que tambien les gustaba dibujar. Eso me ayudó mucho, el hecho de tener pares con quien compartir la actividad siempre me motivó para seguir haciéndola.

Creo que por ese entonces mis papás se dieron cuenta de aquella facilidad que tenía con las manos y me anotaron en talleres de manualidades en el Museo Romulo Raggio, un castillo que quedaba a unas pocas cuadras de donde vivíamos. Tenía un maestro que se llamaba Hector Maranezi, él me enseñó un poco de todo, modelado con arcilla, grabado, dibujo, pintura al óleo, etc. Pero más impotante era que me dió la oportunidad de relacionarme con chicos que tenían inquietudes similares a las mías. Ya de mas grande tuve otro maestro, Cesar Paredes, mis compañeros eran adultos y todo se tornó un poco mas académico. Ellos me dieron las primeras herramientas, y  junto con mis papás me fueron introduciendo a las diversas historias del arte. Simultáneamente aprendí a observar con admiración a mi tío Mario, quien era el único de mi familia que pintaba y dibujaba. Me acuerdo de pasar tardes en el altillo de la casa de mis abuelos dónde tenía su taller, copiando los barcos que él pintaba. Le encantaba pintar paisajes marítimos y tenía varios libros instructivos sobre pintura y dibujo de los cuales me dajaba copiar y aprender.

Sin embargo no dibujé de corrido todos los años de mi vida. Hubieron momentos en que me olvidaba de hacerlo o simplemente no surgía. Quizá me distraía absorviendo nuevos conocimientos. Suelo interesarme un poco por todo, quiza sea por eso que el dibujo se me interrumpe por etapas, o quiza solo por el hecho de estudios, trabajos y ocios. La verdad es que sea por una u otra cosa, el dibujo o la pintura siempre terminaron por reencontrarme.

Mi primer gran reencuentro

Por el año 2004 había terminado de cursar la carrera de Realización Cinematográfica. Llevaba acumulado un montón de ganas de crear, pero el trabajo en equipo que demandaba la producción cinematográfica, y el tener que explicar, justificar y vender la idea a cada uno de los integrantes, no me permitía crear libremente, como estaba acostumbrado con el dibujo. Naturalmente a los veinte años todavía vivía con mis papás, en una casa grande y con muchos ambientes. Había un cuarto que mi mamá había usado como taller en algun momento y ahora estaba sin uso. Allí comencé a organizar un espacio de trabajo. Poco a poco las cosas se fueron acomodando y la necesidad de crear se fue materializando.

Entre los libros que había ido juntando con el pasar de los años, me encontré con uno sobre Diego Velázquez. Lo ojeé y me topé con la “Venus del espejo”. Algo en esa pintura me cautivó y me provocó las ganas de reproducirla. Inmediatamente salí a comprar un bastidor.  Con pinceles y pinturas que me habían quedado de los talleres a los que había asistido de chico comencé a pintar nuevamente.

Con el tiempo fuí recopilando imagenes que me parecián interesantes o que me provocaban cierta inspiración. Algunas eran fotos familiares otras referencias pictóricas, pero había algo en ellas que me atraían profundamente. Un día encontré una foto de mi abuela y mi prima en una playa. Las dos mantenían una mirada a cámara que me provocaba eso que no sé cómo explicarlo, eso que me inspiraba reproducir.

Mi eterno reencuentro con la pintura.

Siempre hay cosas que uno no puede explicar. En mi caso, nunca pude explicar la necesidad que tengo por crear.  Soy de los que se distraen dibujando en alguna reunión de amigos o en el esperar el turno en un juego de mesa o incluso en una clase importante. Quizá lo haga porque me tienta el hecho de dejar una huella en el camino que quizá otro andará, no lo sé.

Al comienzo, mi relación con el dibujo surgió como un desafío.

Me acuerdo de una caricatura que le habían hecho a mi viejo. Algo de ese dibujo me gustó y la copié. Al día siguiente, orgulloso de mi copia, la llevé al colegio para mostrarsela a mis compañeritos. No me creían que lo había hecho yo, entonces les llevé el original como prueba de que efectivamente era así. Nunca me voy a olvidar que un amiguito que me tomó prestado el lapiz con el que hice aquel dibujo para ver si le salía igual.  Eso me hizo entender que tenía cierta facilidad para dibujar. Es así que comencé a desarrollar esa actividad cada vez mas. Por suerte tenia amigos que tambien les gustaba dibujar. Eso me ayudó mucho, el hecho de tener pares con quien compartir la actividad siempre me motivó para seguir haciéndola.

Creo que por ese entonces mis papás se dieron cuenta de aquella facilidad que tenía con las manos y me anotaron en talleres de manualidades en el Museo Romulo Raggio, un castillo que quedaba a unas pocas cuadras de donde vivíamos. Tenía un maestro que se llamaba Hector Maranezi, él me enseñó un poco de todo, modelado con arcilla, grabado, dibujo, pintura al óleo, etc. Pero más impotante era que me dió la oportunidad de relacionarme con chicos que tenían inquietudes similares a las mías. Ya de mas grande tuve otro maestro, Cesar Paredes, mis compañeros eran adultos y todo se tornó un poco mas académico. Ellos me dieron las primeras herramientas, y  junto con mis papás me fueron introduciendo a las diversas historias del arte. Simultáneamente aprendí a observar con admiración a mi tío Mario, quien era el único de mi familia que pintaba y dibujaba. Me acuerdo de pasar tardes en el altillo de la casa de mis abuelos dónde tenía su taller, copiando los barcos que él pintaba. Le encantaba pintar paisajes marítimos y tenía varios libros instructivos sobre pintura y dibujo de los cuales me dajaba copiar y aprender.

Sin embargo no dibujé de corrido todos los años de mi vida. Hubieron momentos en que me olvidaba de hacerlo o simplemente no surgía. Quizá me distraía absorviendo nuevos conocimientos. Suelo interesarme un poco por todo, quiza sea por eso que el dibujo se me interrumpe por etapas, o quiza solo por el hecho de estudios, trabajos y ocios. La verdad es que sea por una u otra cosa, el dibujo o la pintura siempre terminaron por reencontrarme.

Mi primer gran reencuentro

Por el año 2004 había terminado de cursar la carrera de Realización Cinematográfica. Llevaba acumulado un montón de ganas de crear, pero el trabajo en equipo que demandaba la producción cinematográfica, y el tener que explicar, justificar y vender la idea a cada uno de los integrantes, no me permitía crear libremente, como estaba acostumbrado con el dibujo. Naturalmente a los veinte años todavía vivía con mis papás, en una casa grande y con muchos ambientes. Había un cuarto que mi mamá había usado como taller en algun momento y ahora estaba sin uso. Allí comencé a organizar un espacio de trabajo. Poco a poco las cosas se fueron acomodando y la necesidad de crear se fue materializando.

Entre los libros que había ido juntando con el pasar de los años, me encontré con uno sobre Diego Velázquez. Lo ojeé y me topé con la “Venus del espejo”. Algo en esa pintura me cautivó y me provocó las ganas de reproducirla. Inmediatamente salí a comprar un bastidor.  Con pinceles y pinturas que me habían quedado de los talleres a los que había asistido de chico comencé a pintar nuevamente.

Con el tiempo fuí recopilando imagenes que me parecián interesantes o que me provocaban cierta inspiración. Algunas eran fotos familiares otras referencias pictóricas, pero había algo en ellas que me atraían profundamente. Un día encontré una foto de mi abuela y mi prima en una playa. Las dos mantenían una mirada a cámara que me provocaba eso que no sé cómo explicarlo, eso que me inspiraba reproducir.